EL SACRAMENTO DE LA CONFESIÓN: UN ACTO SAGRADO PARA EL CATÓLICO


¿Porque la confesión es tan importante?
Porque es un encuentro que permite a Dios derramar su misericordia en el corazón arrepentido. Se trata, por lo tanto, de la medicina más profunda, más completa, más necesaria para todo ser humano que ha sido herido por la desgracia del pecado. Es posible que en ocasiones nos preguntemos por qué es necesario confesarse. ¿No sería suficiente, en nuestro interior y desde el fondo de nuestro ser reconocernos culpables delante del Señor, mostrarle nuestro arrepentimiento y pedir de nuevo su Amor?

La respuesta es clara y sencilla: para acercarnos a Dios, no toca a nosotros marcar el camino. De Él es la iniciativa; nosotros lo único que podemos, es escuchar con atención y cumplir con docilidad lo que disponga: Aquí no se trata de motivos humanos, ni de razonamientos. Para abrir nuestro interior a otro hombre en la confesión, necesitamos estar viviendo en la fe, no es la sabiduría o la santidad del Sacerdote lo que nos hace tomarlo como Juez.  

Es su identificación con Cristo, conocida en la Fe y la aceptación completa, hasta el fondo, de la Voluntad de Cristo expresada en sus palabras: "A quienes perdonareis los pecados les quedan perdonados", lo que nos hace decirle mi miseria como se las decimos a Dios. Acercándonos a la Confesión con esta actitud de Fe, todo lo demás nos parecerá natural. Todo nos será comprensible, porque ya tenemos ojos para verlo. De lo que aquí se trata es, no de atormentarnos y castigarnos por nuestros errores, ni de humillara nuestra dignidad humana, ni siquiera de sentirnos tranquilos después de decir lo que nos atormenta a un confidente que sabes va a ser discreto.

La CONFESION nos perdona los pecados que cometemos después del Bautismo cada vez que nos arrepentimos y los confesamos al Sacerdote.  Nos devuelve la Gracia Santificante que perdemos al cometer algún pecado mortal.

¿Por qué los sacramentos son tan importantes?

Un sacramento es un ENCUENTRO CON DIOS. Un encuentro personal y comunitario con "lo sagrado", "lo sobrenatural", con el "misterio" que te que te lleva a descubrir un sentido más profundo y auténtico más allá de la simple apariencia de las cosas.
Desde esta perspectiva podemos pensar que cualquier cosa puede ser "un sacramento": un acontecimiento, una persona, una situación, una experiencia,... Y así es efectivamente. Todo aquello que nos lleve a tener un encuentro con Dios es un sacramento para nosotros.

¿Por qué nadie tiene licencia para burlarse de los sacramentos?
Porque adheridos a la doctrina de las Santas Escrituras, a las tradiciones apostólicas y al sentimiento unánime de los Padres", profesamos que "los sacramentos de la nueva Ley fueron todos instituidos por nuestro Señor Jesucristo.

Cuando el hombre pecó, se alejó de Dios y desterró de él la posibilidad de responder a su vocación que es la comunicación con su Creador para llegar a su destino que es la eternidad. Desde el primer pecado, el hombre está inclinado al mal, condenado a la concupiscencia.
Dios en su infinita misericordia, no podía dejar al hombre abandonado y sabiendo que con sus solas fuerzas no podría conseguir su destino eterno, envía a su Hijo, para que con su muerte y resurrección restaure la comunicación que el hombre había perdido con Dios.

Jesucristo nos trae la Gracia Divina, la Gracia del Espíritu Santo, que tiene el poder de santificarnos, es decir, de lavarnos de nuestros pecados y darnos la posibilidad de responder a nuestra vocación y destino.

Contra la inclinación al mal que resultó del pecado, La Gracia Divina nos permite obrar el bien. Es una participación de la vida de Dios. Es un favor, un regalo, un auxilio gratuito, que Dios nos da para responder a su llamada: llegar a ser hijos de Dios, participes de la naturaleza de la vida eterna.

Esta vocación a la vida eterna es sobrenatural, depende enteramente de la iniciativa gratuita de Dios. Sobrepasa las capacidades de la inteligencia y las fuerzas de la voluntad humana. El hombre sólo debe estar dispuesto a que la Gracia actúe en él y seguir la voz de su conciencia, para obrar según la voluntad de Dios.

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